Renée Lafont, una mujer de papel

Por Pablo Pérez Espino

«Las ideas y los que se sacrifican a su ideal valen siempre más que los intereses» – Renée Lafont

Las ideas y los que se sacrifican a su ideal valen siempre más que los intereses. Por eso, entre las ruinas de la omisión más cobarde y el negacionismo más cerril, te seguimos buscando para volver a encontrarte. Para encontrar a una mujer de luz, de alma libre e independiente, de brillante intelecto y acaudalada erudición cultural, una mujer de horizonte múltiple e ideal infatigable. Para encontrarte porque para la mayoría sigues formando parte del inconmensurable colectivo de las invisibles. Porque con despotismo y alevosía la milenaria idiosincrasia viril, en su versión más española, acabó por ahogar vuestra voz y sepultar vuestra huella. Sometidas al anonimato, silenciaron vuestro ejemplo, pulverizaron vuestra historia y, con total impunidad, os condenaron al más profundo ostracismo.
Aquél afán fanático y tirano ha impuesto durante décadas, como pena infamante, una amnesia coral que desvanece la verdad y la somete, como el más frío de los inviernos, a una suerte de esclavitud moral cómoda y socialmente normalizada, un racimo de convicciones descafeinadas que pacen indelebles deshojando el tiempo a su antojo. Pero donde hay esperanza no habrá nunca resignación. Porque hoy, día de lucha por los derechos de todas las mujeres, renace tu ejemplo y reclama su espacio con la convicción de que, como fundamento básico, la sociedad tiene derecho a conocer y reconocer el testimonio de una entre tantas mujeres sin nombre cuya vida, todavía hoy, aguarda marginada en la sección apócrifa de nuestra historia. Porque es de justicia devolver el tono primaveral con el que vuestro talento intempestivo ha coloreado de dignidad hasta los paisajes más oscuros de la sinrazón humana.
Así, el público tiene derecho a saber que tú, una mujer a principios del siglo XX, fuiste en Francia una traductora superlativa de autoridades literarias como Vicente Blasco Ibáñez o Alberto Insúa en una época en la que el aporte de los traductores a las literaturas nacionales fue de indispensable necesidad. La gente tiene que saber que, además de la traducción, tu pluma también melló con éxito los pliegos del periodismo y la literatura. Que tú, alumna aventajada, hiciste de tu educación un símbolo de liberación, que ocupaste asiento a la vanguardia entre tus colegas varoniles a pesar de la hostilidad patriarcal, que alcanzaste reconocimiento profesional y que fuiste ejemplo de independencia moral y económica. Tú, mujer, que tuviste por bandera el espíritu crítico, que luchaste contra la exclusión de género y dignificaste el papel profesional de la mujer en la literatura y la traducción, tú que amabas España y dedicaste tus esfuerzos a dar a conocer en la capital de tu país la obra y las costumbres de la tierra que acabó contigo. Tú, Renée, mujer de convicción firme, que nunca renegaste de tu ideario, que supiste trasgredir las ataduras sociales de tu época para excarcelar tu centelleante personalidad.
Tú, una mujer de papel, un ser mitológico y sobrenatural que salvó ileso la resignación de su sexo. Tú, que fuiste apresada y fusilada en Córdoba a manos de hijos adoptivos y vecinos honoríficos de la ciudad. A ti, Renée, la primera periodista de la historia asesinada en conflicto armado, que quebrantaste la comodidad de la vida diaria para acabar formando parte de las miles de víctimas asesinadas al margen de la democracia en el país de tus pasiones. A ti, pese a las cadenas institucionales, el negacionismo histórico y la violenta diatriba emergente, te buscamos para volver a encontrarte porque, para muchos de nosotros, las ideas y los que se sacrifican a su ideal seguirán siempre valiendo más que los intereses.

Pablo Pérez Espino

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